Red Iberoamericana de Investigación en Imaginarios y Representaciones (RIIR)

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El Ser y Sujeto Cultural.

Ada Rodríguez Álvarez

El sujeto cultural debe posicionarse en el mundo real que lo envuelve desde una visión sincrónica sin olvidarse de su memoria y su existencia diacrónica; todo ello es una derivación comprensible si se acepta ese sujeto como intrínsecamente posible solo en ese universo diacrónico dentro del cual se configura su identidad y donde echa raíces su ser para desarrollar su sentido de pertenencia. En tanto que seres culturales, los individuos dan cuenta de una conexión con el mundo desde el presente, con una mirada al pasado; así que la cultura se erige por la sumatoria de lo que cada ser pensante es en su individualidad, en una dimensión espaciotemporal predeterminada, y por la herencia de aquello que el conglomerado social -en el cual ese sujeto se circunscribe- ha delineado a través del tiempo y el espacio. En atención a lo antes referido, quien escribe estas líneas sostiene que el “ser” está innegablemente implícito y es indiscutiblemente dependiente de la dimensión “cultura” y este último término se construye desde un conjunto significativo simbólico creado por el hombre a partir de los imaginarios sociales que se resumen en modos de significación de su mundo.

En concordancia con lo antes manifiesto, es innegable la conexión entre los seres sociales con realidades equivalentes que subyacen dentro del universo significativo hereditario; en otras palabras, la identidad del ser humano se entreteje dentro de una red simbólica donde los elementos culturales particulares no son ajenos a la red total de significaciones sociales que hermanan los pueblos y naciones en las cuales se comparten un mismo pasado, un similar presente y un análogo porvenir. En atención a la anterior reflexión se puede afirmar que el ser humano es un ser de ideas, de constructos simbólicos que conforman su cosmogonía y que le permiten anclarse en el mundo desde un sentido de pertenencia sensible a un espacio y un momento general, pero también particulares.

Asumir el “ser” como condicionante de la propia vida permite dibujar una cúpula vital entre el hombre y su mundo; por ello, al hablar de cultura y su relación con la identidad individual y colectiva, obligatoriamente es menester referir la manera cómo el ser humano dibuja su retrato apreciativo del mundo que lo rodea; a partir de esta necesidad se proyecta la noción de imaginario social que es un concepto implícitamente referido a la consciencia de sí en igualdad. Se trata, entonces, de un conjunto de referentes simbólicos constituyentes del imaginario social, constructo que -para Castoriadis (1997)[1]– representa las identidades colectivas y formas de imaginarse, verse y pensarse de una determinada manera y de recrear una determinada realidad.

En consonancia con lo antes referido se puede comprender profundamente al ser como centro de la cultura y como centro de la identidad; los fenómenos vistos en un ser vivo y en los objetos sobre los cuales se proyecta indican el camino de la percepción, llevan hacia las vías que permiten adentrarse dentro de su densidad. Así, quien suscribe estas líneas puede sostener que la cultura es un fenómeno que se manifiesta y se materializa no sólo en los propios seres sociales sino que también, a través de ellos, se recrea y redinamiza en los objetos concretos representativos de la mente del hombre social; finalmente, es necesario acotar que lo imposible de ser materializado puede ser descubierto en las voces de los ciudadanos, en sus costumbres, sus tradiciones, sus modos de vida y sus percepciones del mundo circundante.

[1] Castoriadis, C. (1997). El Imaginario Social Instituyente. Zona Erógena. Nº 35. 1997.

15.03.2017

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